Parto y Embarazo

Con la tripota a cuestas…

En esa foto que hoy os cuelgo estaba a punto de dar a luz a la mostruita M. ¡Y estaba pletórica!

¡Su embarazo fue tan fácil! No tuve casi ninguna molestia, ni vómitos, ni grandes malestares, trabajé casi hasta el último momento… Tanto que ya en la semana 37 mi jefe me dijo: “por favor, vete a casa. Vas a dar a luz en cualquier pasillo ¡y nos vas a matar a todos del susto!”

Me recuerdo tan estupenda… con el pelo brillante y fuerte, la piel súper luminosa, subida a los tacones. Me acariciaba la tripota con cara de bobalicona y todo el mundo me decía lo guapa que estaba y lo bien que me sentaba el embarazo. Y era verdad; es que me encontraba divinamente.

Vamos, que siempre digo que podría tener mil embarazos como el suyo; que no partos, ¡ojito!, que aquello fue otro cantar, pero eso lo dejaremos para otro post, que también da para mucho.

El caso es que tan preciosa nos pareció la experiencia, que allí estábamos mi marido y yo, el día que la mostruita M cumplía 1 año, anunciando que íbamos a ser papás otra vez. Sí, mis adorables monstruitos se llevan solo 19 mesecitos. (Ahora mismo estoy visualizando la cara de susto de algunas de vosotras)

Pero, ¡ay, amiguitas! ¡Qué experiencia tan distinta! Con el monstruito C, el primer trimestre me lo pasé vomitando y mareada… De hecho no había dicho nada todavía en el trabajo y la mitad de mis compañeras chicas ya se lo imaginaban porque me habían oído devolver en el lavabo.

Además, y para continuar, tuve un cólico nefrítico en la semana 16. A las mujeres que no han dado nunca a luz se les suele decir que un cólico nefrítico es como un parto. Bien, ¡es mentira! Un cólico nefrítico es peor; y un cólico nefrítico embarazada es la peor de las torturas porque solo te pueden administrar paracetamol y buscapina… Vamos, como si te ponen una tirita en un hueso roto: ¡que no sirve para nada!

Por si no fuera suficiente, no mucho después empecé con contracciones. Recuerdo ese día como si fuera ayer; las primeras contracciones empezaron dando clase. Me agobié bastante pero duraron muy poquito y se me pasó el susto. Según iba pasando el día me encontraba peor y, después de comer, estaba sentada en un banquito en la terraza de la universidad y llegó mi buena amiga y compañera Maitechu. “Tienes mala cara” me dijo. Le conté que creía que tenía contracciones pero que tenía que terminar unas cosas en el departamento y ya me iría a casa. Su cara de horror me lo dijo todo. Subí al despacho, cerré el ordenador y me fui directa al hospital. No volvería a la facultad hasta más de un año después, al finalizar mi excedencia por maternidad. Efectivamente, tenía contracciones de parto y solo estaba en la semana 20. “No hablamos de un niño prematuro- me dijo la ginecóloga que me atendió en el hospital de La Paz- si esto se desencadena, hablamos de un aborto tardío” Me fui a casa hecha un mar de lágrimas y con el consiguiente y obligado reposo desde ese mismo momento. Las primeras semanas fueron de mucho miedo, pero poco a poco la cosa se fue estabilizando.

O eso creíamos, porque en la semana 34 me descubrieron una primoinfección de CMV, pero eso sí que es otra historia de la que ya iremos hablando con calma, más adelante… Finalmente, y hecho todo un campeón, nuestro segundo mostruito nacería un soleado 25 de octubre, ya en la semana 39 de embarazo.

La verdad es que antes de quedarme en estado por segunda vez nunca imaginé que podría tener gestaciones tan distintas. Pero es que, aunque sea un tópico, cada embarazo es un mundo. A todos los cambios físicos del cuerpo se le unen también todas las posibles complicaciones del proceso y un caprichoso cocktail de emociones que no siempre acompaña.

Por eso creo que la principal clave para pasar un período de gestación óptimo pasa por no tener demasiadas expectativas. A menudo, idealizar una situación es el principal origen del sentimiento de frustración.

Los embarazos, a nivel biológico, no son procesos sencillos. Es verdad que ya hemos dicho que hay algunos que son muy llevaderos, como lo fue el de monstruita M, pero no debemos por ello esperar que todo sea maravilloso. Lo mejor es tomárselo con calma, cuidarse lo máximo posible y afrontar la dulce espera con alegría y un cauteloso optimismo.

También creo que es importante liberarse de presiones y autoexigencias varias… muchas veces, la ansiedad por lo desconocido (bien sea por el parto o por la propia e inminente maternidad) nos juega malas pasadas. En este sentido creo que es primordial hacer un ejercicio de desconexión e intentar relativizar los miedos y las angustias.

Por eso, desde aquí os diría que, si estáis pasando un embarazo regular, ¡tranquilas! Sé que es fácil decirlo y complicadísimo llevarlo a cabo pero es que el estrés solo va a empeorar la situación. Poneos en manos de profesionales y confiad. Todo va a ir fenomenal. Y si, por el contrario, estáis llevando un buen embarazo, ¡disfrutadlo! Puede ser una experiencia bellísima y tenéis la suerte de que siempre la recordaréis con una sonrisa en los labios.

¿Y vosotras? ¿Cómo fue vuestro embarazo?

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