Reflexiones personales

Respeto, esa es la base

Una de mis máximas cuando hablo con una mamá primeriza o una futura mami sobre cualquier tema es siempre el respeto. Creo que la única forma de que la maternidad sea algo bonito y auténtico es que sea algo libre de prejuicios. Desgraciadamente no siempre es así; muchas madres se sienten juzgadas por lo que puedan opinar de ellas familiares, amigos, conocidos o simplemente la vecina del 5º que pasaba por allí y la criticó. Eso me indigna; es injusto y doloroso.

Así que, aunque muchos ya lo sabéis, me gustaría explicar porque creo que a una recién mamá hay que tratarla con todo el cuidado y todo el mimo posible. Y es que, aunque a algunos le parezca que la maternidad es la cosa más normal del mundo, no lo es. Ser madre es una de las cosas más naturales (biológicamente hablando) que hay, pero no es nada normal.

Durante 40 semanas el cuerpo de esa mujer sufre un sinfín de transformaciones físicas y psíquicas para poder albergar de la mejor forma posible la nueva vida que lleva en su interior. Suponiendo que todo haya ido fenomenal, que ya sabemos que no siempre es así, cuando ese proceso acaba la mujer debe enfrentarse a una experiencia extraordinaria que es el parto. Es el momento más intenso que puede vivir una persona. Puede ser extremadamente doloroso, o no. Puede ser rápido, o durar más de 48h. Puede ser fácil, o se puede complicar mucho. Puede ser la experiencia más maravillosa del mundo, pero también la más traumática. En cualquier caso, traer una vida al mundo es absolutamente abrumador. Quien lo ha hecho, lo sabe. Quien no, ni se lo imagina. Y lo siento, en este aspecto soy tajante: quien no ha parido ni se asoma remotamente a saber de qué hablamos.

Cuando todo “esto” acaba y por fin esa mamá sostiene a su bebé en sus brazos, el cocktail de emociones y sensaciones es tan fuerte, tan sobrecogedor y tan vertiginoso que cada una lo gestiona cómo puede. Hay mamás que se mueren de amor nada más ver a sus bebés; pero las hay también que se mueren de miedo. Las hay que han sufrido tanto que solo alcanzan a sentir rechazo; otras están tan agotadas que simplemente se bloquean y las hay que, directamente, son incapaces de sentir nada. Y ninguna es mejor que otra; sencillamente acaban de pasar por la vivencia más brutal del mundo. Hay tantas maternidades como mamás en el mundo.

Pero esto no acaba aquí; de hecho, acaba de empezar. Esa recién mamá llegará a casa con un mostruito en los brazos que viene sin manual de instrucciones… sí, da igual todo lo que haya leído o lo mucho que se haya informado. Nadie está preparado para lo que viene después. Cada bebé es único y no atiende a razones. Tan solo le mueven los instintos más irracionales y solo hay una cosa común entre ellos: todos demandan amor a raudales.

Es entonces cuando aparecen los miedos, la risa floja, las dudas, el embelesamiento, la angustia, los momentos de euforia y esa alegría desenfrenada que se mezcla con la tristeza y el agotamiento. Y es que, en ese momento, el baile hormonal de la mamá es tan inmenso que ni ella misma se reconoce. Esto es el postparto, señores. Una sensación de descontrol absoluto; un avistamiento desde el más abrupto de los acantilados. Y nadie lo siente igual porque solo tiene un único denominador común: un enraizado sentimiento de protección hacia esa criatura tan pequeña que te tiene cautivada. Lo demás, es abismalmente distinto de una madre a otra.

Y será en ese momento de debilidad máxima en el que la gente hará su aparición. No solo madres, hermanas, amigas, suegras o vecinas… lo más gracioso es que también padres, hermanos, amigos, suegros o vecinos se creerán con el derecho a opinar. Pues bien, aquí va el secreto: ¡no lo tienen! De verdad. Estoy convencida de que en la gran mayoría de ocasiones las palabras de la gente que rodea a las recién mamás son bienintencionadas, no lo dudo, pero eso no significa, y lo siento, que sean ni las adecuadas ni las necesarias.

Los consejos no son buena idea si nadie los ha pedido. Lo que en un momento normal sería una buena idea, en esta situación ha dejado de serlo. La madre de la criatura no necesita oír que es mejor esto o lo otro; que se puede hacer así o asá… en serio, por muy acertada que sea la recomendación. En esos momentos de inestabilidad emocional máxima la mamá solo necesita sentirse arropada y saber que lo está haciendo bien. Y es que lo está haciendo bien, estoy plenamente segura, porque ella es siempre quien mejor sabrá lo que necesita en cada momento su bebé. Solo ella, de verdad. Es una conexión tan íntima la que se establece entre una madre y un recién nacido que va más allá de las teorías, remedios o apreciaciones que todos nos sabemos.

Yo entiendo que desde fuera es difícil de entender y que habrá que se sienta ofendido con esto que estoy diciendo pero es que una madre recién parida solo necesita una cosa: comprensión. Comprensión frente a sus temores; comprensión frente a sus debilidades; comprensión frente a sus inseguridades. Nada más… los consejos, las advertencias y las opiniones están de más, a no ser que sean requeridas de forma explícita. Y aún siendo así, hay que hacerlas con cuidado. El material que se tiene delante es altamente inflamable.

Por eso creo que es esencial que tratemos con absoluto respeto las decisiones que cada madre toma. En esto de la maternidad no hay fórmulas mágicas y cada mami velará por el bienestar de su retoño de la mejor forma posible. No júzguenos, no critiquemos. Respetemos las decisiones de las demás aunque nos parezcan raras, descabelladas o desatinadas. Que tú creas que no es correcto no significa que no lo sea, de verdad, o al menos para ella. Por eso insisto en que el respeto tiene que ser siempre la base de todo.

Desde aquí, un “bravo” a todos aquellos papás que saben mantener la calma en estos momentos y apoyan incondicionalmente a las mamás. Y un abrazo a todos los que, estando cerca de una madre reciente, saben entender que no son protagonistas, sin ofenderse.

Termino expresando todo mi respeto a aquellas mujeres que no son madres, bien porque no quieren o porque no pueden. Lo que aquí cuento es simplemente una reflexión a raíz de mi experiencia vital como madre (y amiga o conocida de otras) de los dos monstruitos. No más valida que la de otras mujeres maravillosas que no son o no serán nunca mamás.

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