Lactancia

Monstruitos sí; lactantes, también. (Parte I)

El post de hoy podría ser el primero de una serie de mil, la verdad, porque el tema del que os voy a hablar da para mucho. Me refiero a la lactancia materna.

Vaya por delante que lo que hoy os cuento es, únicamente, mi experiencia. No soy pediatra, ni matrona, ni experta de ningún tipo. Simplemente soy mamá de dos monstruitos que han hecho lactancia extensa; monstruita M hasta los 18 meses y monstruito C hasta los 26. Así que, vamos allá.

Antes de ser mamá, yo no tenía muy claro que el día que lo fuese le fuera a dar el pecho a mi bebé. Como es lógico, tampoco era un tema que me preocupase demasiado, pero tenía algunas ideas preconcebidas que me hacían pensar que, sencillamente, aquello no era para mí.

Sin embargo, cuando me quedé embarazada de la monstruita primogénita, la cosa cambió. Como toda mami primeriza (ilusionada y con tiempo) me dediqué a leer y a informarme sobre todo lo relativo al embarazo y la crianza. Fue entonces cuando empecé a interesarme por el tema de la lactancia materna.

Podría hablar ahora de las recomendaciones de la OMS, los beneficios nutricionales, el consenso de los sanitarios con respecto a la lactancia materna y demás aspectos “ técnicos” pero creo que son puntos de sobra conocidos y, cómo os decía al principio, no siento que tenga ninguna potestad al respecto.

Lo que sí me gustaría compartir con vosotras es lo que ha significado para mí poder compartir con mis hijos esos momentos tan íntimos y especiales. Os hablaré de lo que sentí, de lo que aprendí y, sobre todo, de todo lo que me aportó a mi experiencia vital como mamá.

Para cuando nació la monstruita M ya me había decidido a dar el pecho; o por lo menos a intentarlo. Es un tópico, pero lo cierto es que los principios nunca son fáciles. Y si además, hablamos de ella, monstruita y facilidad no son dos términos que conjuguen bien en la misma frase.

Ya os he dicho en alguna ocasión que mi pequeña primogénita es especial. Y no lo digo utilizando un tono ñoño o bucólico; lo digo sabiendo que la monstruita mayor tiene un carácter fuerte, una personalidad arrolladora y una forma de hacer las cosas que implica un ritmo propio que no admite presiones de ningún tipo.

Y así me lo hizo saber desde nuestros primeros momentos juntas cuando, después de siete horas de parto, decidió echarse a dormir como una reinona sin ninguna intención de engancharse. A la mañana siguiente, aquella bebita dormilona, de menos de 3kg de peso, había hecho una pequeña hipoglucemia y era trasladada al área de observación de la UVI.

¡Menudo comienzo! Menos mal que en aquel momento todas las enfermeras y matronas del hospital me ayudaron muchísimo. Con toda su profesionalidad, paciencia y cariño conseguimos que la monstruita aprendiera a engancharse y para cuando nos fuimos a casa la peque ya lo hacía maravillosamente bien.

Desde ese momento, solo pudo ir a mejor. Y en ese sentido sé que soy afortunada. No tuve grietas, ni heridas, ni nada que se le parezca más allá de alguna leve molestia al comenzar la toma. Pero no conozco ese dolor insoportable que describen muchas mamis.

Así que, poco a poco y sin molestias físicas, las tomas se fueron convirtiendo para nosotras en un ratito precioso de conexión e intimidad que me resulta difícil describir con palabras. Era nuestra forma de entendernos. Nos daba paz. Nos serenaba. Y nos gustaba; nos gustaba mucho. Tanto que la monstruita se acostumbró a estar enganchada a mamá cada dos por tres. Cómo Góngora que “érase un hombre a una nariz pegado”, pues yo tenía una niña a una tetita pegada. Hacía tomas cortitas y muy frecuentes. Pero es lo que tiene la lactancia a demanda; que es cuando el bebé lo pide, no cada tres horas ni cuando alguien ajeno decide. ¿Agotador? Mucho. Pero también la cosa más tierna y más cálida que he vivido en mi vida. Mentiría si dijera que no lo echo de menos. Fue algo tan intenso que creo que lo recordaré siempre. Fue la forma en la que monstruita y yo forjamos ese vínculo tan potente que aún nos une la una a la otra.

A nivel alimenticio, fue otro cantar… desde bien prontito, en torno al segundo mes de vida, la primogénita dejó de coger peso como debía. Me recuerdo en la farmacia de al lado de casa, cada semana, pesando a la bichito. Veinte, treinta gramos; sesenta la mejor semana, pero no cogía más. ¡La de lágrimas que derramé delante de aquella báscula! Y es literal, ¿eh? Carmen y Yuri, nuestras farmacéuticas, se convirtieron para mí en un hombro en el que llorar. Cómo os podéis imaginar, en aquellos momentos muchas voces (algunas incluso muy cercanas) se alzaron cuestionando la calidad de mi leche.

  • No seas así, mujer, no pasa nada por darle biberón.
  • A lo mejor tu leche no sirve.
  • Al niño de Fulanita le pasó lo mismo. No engordaba nada; fue dejar el pecho y ¡menudo cambio!

Lo pasé mal. Me sentía juzgada, criticada. Menos mal que a cabezota no me gana nadie. Yo no quería dejar de dar el pecho a la monstruita. Sentía que, con independencia del peso, aquello que habíamos forjado nos beneficiaba enormemente a las dos. Era mi instinto el que me decía que aquello era lo mejor para nosotras.

Con ánimo de solventar la cuestión del peso de la peque, que por supuesto no era menor, la pediatra me propuso la lactancia mixta. Primero pecho y luego un refuerzo con leche de fórmula. Y lo probamos. Oficialmente, hacíamos lactancia mixta. Oficiosamente, seguíamos haciendo lactancia exclusiva porque todos y cada uno de los biberones que papá monster o yo intentamos darle a la peque acabaron yéndose por el sumidero. Creo que nunca conseguí que se tomara más de, no sé, ¿30 mililitros? Un desastre.

En cierto sentido fue “un alivio” cuando al empezar la alimentación complementaria la cosa no varió. Le habíamos introducido la fruta, la verdura, los cereales, el pollo..Y mi “gordi” seguía igual. Obviamente, la razón de que no engordara no era mi leche. Simplemente es que ella es “de tipo fino”. Hoy tiene 4 años y la comida sigue siendo uno de nuestros principales motivos de batalla. Monstruita come bien en cuanto a variedad se refiere; come de todo, pero come muy poca cantidad. Es así. No se la puede forzar. Come lo que come, que en general, es poco. Pero gracias a Dios es una niña perfectamente sana y eso es lo importante.

No me quiero desviar; así que ubicándonos en el momento en el que monstruita comenzó a ampliar su gama de alimentos os diré que la toma siempre estuvo presente. Incluso cuando me incorporé a trabajar,conseguimos regular el ritmo para darle pecho antes de dejarle en la escuela infantil y volvérselo a dar cuando la recogía. Después, en la tarde y durante la noche la peque volvía a tomar a demanda. Y así estuvimos 18 meses, ni más ni menos. Tanto que estaba a punto de llegar el monstruito C y la primogénita no tenía visos de abandonar su refugio preferido.

De hecho, la pediatra llegó a darme unos panfletos informativos sobre la lactancia en tándem, que consiste en amamantar simultáneamente en el tiempo a dos hermanos que no se llevan mucha diferencia de edad. Pero una vez más mi pequeña guerrera hizo gala de su fortaleza y con toda su nobleza, a sólo un mes de que yo diera a luz, monstruita M se destetó solita y en muy poquito tiempo. Le pasaba el testigo al glotoncillo que vendría después.

Reconozco que me dio penita. Cuando poco a poco fue empezando a quedarse dormida sin necesidad de tomar el pecho, sentí que perdía algo muy especial que hasta entonces había tenido con ella. Pero no fue así; simplemente ella decidió que ese era su momento para el destete.

Como veis esto de la lactancia da para mucho. Esto que os he contado aquí es solo mi primera experiencia. Pero como ya sabéis hay una segunda parte, muy distinta pero igual de maravillosa, que prometo contaros también otro día.

Eso sí, no puedo acabar el post sin recalcar una creencia en la que sustento mis opiniones. Todo esto que os he contado aquí es mi experiencia. Única e irrepetible por el mero hecho de ser solo la mía. Pero cada mamá tiene la suya, tan válida y tan perfecta como esta. Respeto profundamente las decisiones de las otras mamás. Ya he escrito alguna vez sobre la necesidad de respetar y no criticar a las otras mamás. Por eso quiero insistir en que ninguna mamá se pueda sentir ofendida. ¿La lactancia materna es lo mejor del mundo? Para mí, lo fue, pero no tiene porqué serlo para ti. ¿Es la única manera de establecer vínculo y apego con tu bebote? Seguro que no, pero es la forma en la que nosotras lo hicimos y por eso os le contado. Y acabo ya escribiendo algo que digo mucho cuando algunas mamás me preguntan: creo firmemente que la lactancia materna es cosa de dos; funciona mientras al bebé y a la mamá les funcione. Si alguno de los dos no lo pasa bien, es hora de buscar otras alternativas.

5 comentarios en “Monstruitos sí; lactantes, también. (Parte I)”

  1. Me encanta que hables de cómo te sientes ante la sabiduría de la que estás rodeada. Estoy convencida de que la gente no lo hace por mal, pero es inevitable que a una mamá, que acaba de dar a luz, no le afecten ciertos comentarios. Aún recuerdo la falta de apoyo cuando decidí no darle el pecho a la peque.
    Felicidades por tu blog Elene, me está encantando 🥰

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  2. Me encanta que las mujeres hablemos de las cosas que nos preocupan y en ese sentido romper esos silencios y que nos suponga avanzar derribando prejuicios. Yo le di pecho a mi hija hasta casi los tres años, todo el mundo me decía que era muy mayor, porque además mi hija es una niña alta…. lo dejé porque tomé esa decisión y me costó mucho porque hay muy poca información sobre el destete, lo cual es sospechoso. Me alegro mucho de tu experiencia, cada bebé tiene un ritmo y con el tema de coger peso nos han hecho muy obsesivos, cuando luego llega una edad adulta en la que es todo lo contrario. En fin… que nos valga el sentido común para dar respuesta a tantas preguntas. Un abrazo

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