Crianza en el día a día

La madre de la ciencia

En mi casa la paciencia es como la levadura. Al principio de la cuarentena teníamos; ahora, imposible encontrarla. Decidme, por favor que os pasa igual.

Siendo justa os diré que los monstruitos no se están portando mal; en realidad creo que se portan bastante bien, o lo intentan, al menos. Pero claro, son muchos días aquí todos juntitos. Y esto, por lo menos por aquí, se nota bastante.

Los monstruitos se adoran; al llevarse tan poca diferencia de edad, están muy unidos. Comparten muchos juegos, gustos… Pero también son el vivo reflejo del dicho “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedios”. No tienen término medio; pasan de la camaradería al enfrentamiento en cuestión de segundos. Además, al estar tanto tiempo juntos y no tener cada uno su rutina propia, algunos celillos han hecho su aparición en la escena.

Yo pensaba que el poder salir a la calle, aunque fuera solo un ratito, iba a mejorar las cosas; pero tampoco es que hayamos notado mucho el cambio, la verdad. Están algo más cansados (que ayuda) pero no deja de ser una situación con un nivel de intensidad emocional muy alto para todos.

Así que entre unas cosas y otras, me parece que el cansancio psíquico se está apoderando de mí. Hay días, como hoy, en los que me oigo repetir las mismas frases una y otra vez. De hecho, tengo un top ten de las mejores. Son estas:

  • Recoged los juguetes, por favor. Desde que empezó el confinamiento, un manto de playmobils, construcciones y muñecos cubre el suelo de nuestro salón. No os digo más.
  • ¡No os peguéis! Desde hace unos días el deporte favorito de mis hijos es el Pressing Catch. Me pone negra, la verdad.
  • Monstruita, cariño, vístete. Mi pequeña presumida se cambia de ropa/disfraz mil veces al día pero entre un modelito y otro se pasea por la casa en pelotillas muerta de la risa. A esta petición le suceden clásicas y temibles advertencias como la de “te vas a poner mala y ya verás, te acabarán pinchando”.
  • Monstruito ten cuidado que te vas a hacer daño. He de reconocer que esto ya lo decía mucho antes de que empezase la cuarentena. El riesgo forma parte de su personalidad.
  • No toquéis eso, que quema. Me encanta que me ayuden a cocinar. Lo pasamos muy bien. Pero por alguna razón que desconozco el horno y la placa son para ellos algo así como una atracción fatal.
  • Dejad a Coco tranquilo. Si en mi casa hay alguien especialmente damnificado por el confinamiento ese es Coco, sin lugar a dudas. El pobre ya no sabe ni dónde esconderse.
  • Cuando estamos comiendo, no se juega. Cada vez me cuesta más que en el momento de la comida estén tranquilos. Siempre tienen mil cosas que hacer o sitios a los que ir.
  • Tened cuidado que lo vais a romper. Creo que soy gafe, cada vez que pronuncio esa frase, algún objeto en mi casa pierde la vida.
  • ¡No muerdas a tu hermana! Ummm, sí! Mi monstruito C ha entrado en una fase caimán. Espero que sea pasajero.
  • ¡Venga, hay que irse ya a la camita! Como la velocidad de reacción a esta frase es nula, cada vez empiezo a decirla antes. Al paso que voy me veo anunciándolo después de la merienda.

Y así, en bucle. Una y otra vez. Una y otra vez. ¡Madre mía, qué agotamiento! Muchas veces tengo la sensación de hablar al vacío porque por mucho que repita la misma cosa mil veces, nadie parece escucharme. Y claro, la primera vez, la segunda, la tercera lo digo de buen humor. A la trigésima cuarta, el grito está servido.

Yo no soy ni psicóloga, ni pedagoga, pero por mi trabajo como profesora en una facultad de educación, estoy rodeada de ellos. Y me sé la teoría a las mil maravillas, como todos, creo. Los gritos no solucionan nada; de hecho, solo empeoran la situación. Ahora bien, según van pasando los días me resulta más complicado ponerlo en práctica.

Lo que sí os diré es que en los días más moviditos, me funciona frenar un poco e intentar buscar la gratitud de la que os hablaba hace unos días en otro post. Pensar en que somos muy afortunados por estar todos sanos. Entender que en este tiempo que la vida nos ha obligado a tomarnos a todos, a nosotros solo se nos pide estar en casa tranquilos. Y en este momento esto es, sin duda, el mejor de los privilegios.

Así que cuando noto que los nervios me desbordan porque los monstruitos no obedecen o simplemente llevan un ritmo diferente al que yo querría, respiro hondo y agradezco tener la oportunidad de tenerlos con nosotros 24h al día, por muy cansado que resulte. Esto me ayuda a relativizar las cosas y volver a mirarles con ternura y diversión, que es como se debe mirar a los niños.

¿Y sabéis lo mejor? Que por muy mal que lo haga un día, a la mañana siguiente ellos parecen haber olvidado todo. Tienen un corazón tan grande que una sola noche les sirve para perdonarme todos mis errores y volver a colmarme de besos y abrazos nada más despertarse.

Así que cada noche, antes de acostarme hago borrón y cuenta nueva. Hago examen de conciencia y me preparo para hacerlo un poquito mejor al día siguiente. Porque ellos se lo merecen; sí, ellos se merecen la mejor versión de nosotros mismos.

2 comentarios en “La madre de la ciencia”

  1. Me gusta mucho la conclusión: paciencia, porque ellos se lo merecen. No hay que olvidar que los pequeños pocholetes están viviendo una extrañísima experiencia y sin embargo, están sabiendo manejarla como si todo transcurriera dentro de la más absoluta normalidad. ¡¡¡Maravillosos monstruitos¡¡¡

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  2. Ni contigo ni sin tí. Así es en mi casa desde hace dos semanas, es más, hay momentos en los que mientras se pelean se reconcilian y se vuelven a pelear.
    Estoy de acuerdo contigo en que la teoría es estupenda y maravillosa pero después de repetir 20 veces lo mismo, es inevitable que los gritos hagan acto de presencia.
    Ánimo que ya queda menos 😘

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