Reflexiones personales

No siempre lo urgente es lo importante

Últimamente se habla en todos los medios de comunicación del síndrome de la cabaña. Es un proceso psicológico que, debido al confinamiento, está pasando mucha gente. Se caracteriza por haber desarrollado un cierto miedo al contagio de Covid-19 y en consecuencia no sentirse seguro más allá de la cabaña propia (es decir, el hogar). Estas personas sienten miedo de salir a la calle, ir al supermercado o tener que coger el transporte público.

Por otro lado, todos conocemos el famoso Síndrome de Estocolmo en el que una persona es secuestrada y, finalmente, acaba sintiendo cierta complicidad con su secuestrador.

Bien, pues antes de empezar a contaros todo lo que siento me gustaría hacer un paréntesis. Vaya por delante que echo mucho de menos a nuestra familia y nuestros amigos; tengo muchísimas ganas de verlos y de darles un achuchón muy fuerte o, en su defecto, chocar los codos. ¡Os quiero un montón!

Ahora bien, aclarado esto, os diré que por lo demás, a mí esta cuarentena sólo me ha traído paz. Vamos, que estoy muy a gustito aquí en mi casa con los monstruitos y papá monster.

Ya desde hace algunas semanas vengo siendo consciente de ello. Y es que hemos conseguido encontrar un equilibrio en nuestras rutinas diarias que me hace sentir muy tranquila.

Antes del estado de alarma yo iba corriendo de un sitio a otro. Los horarios del cole, el trabajo, la escuela infantil, la natación de la monstruita M, los médicos, el logopeda y la atención temprana del monstruito C, la compra, los recados… vamos, que me pasaba la vida metida en el coche, de atasco en atasco, y siempre con la lengua fuera y la sensación de ir tarde, mal y nunca a todos lados.

Con la llegada del Coronavirus a nuestras vidas todo eso cesó. Así, de repente. Sin previo aviso, de un día para otro. Y la vida nos obligó a tomarnos un respiro a todos, aunque fuera de forma forzosa.

Por supuesto que las obligaciones no han desaparecido. Estar confinados en casa durante tanto tiempo, las 24h del día, implica un montón de tareas nuevas. Ahora, por ejemplo, cocino más que nunca. El hecho de desayunar, almorzar, comer, merendar y cenar los cuatro todos los días me obliga a estar mucho más pendiente de los menús de lo que estaba acostumbrada porque, en nuestra vida normal, entre diario ninguno almorzábamos ni comíamos en casa.

Lo mismo me pasa con el orden. He perdido ya la cuenta de las veces que recojo la casa al día. Y por mucho que lo intente, el hecho de estar aquí full time todos juntos, dificulta enormemente la misión de tener la casa bien arreglada.

Por no hablar de lo difícil que me resulta a veces entretener a los monstruitos y conseguir cierta secuencia constante en su proceso de aprendizaje.

Pero, aún con todo esto, y tal y como os decía antes, creo que estoy sacando de estos días cosas muy positivas. He recuperado tranquilidad de espíritu. También creo que los cuatro hemos ganado mucho en cuanto a nuestro nivel de convivencia. Juntos hemos conseguido amoldarnos más los unos a los otros. Para nosotros, comer juntos todos los días es un regalo y poder pasar ratitos muertos con los monstruitos, sin preocuparnos en exceso por las obligaciones y rutinas cotidianas, nos está brindando momentos irrepetibles.

La casa se ha llenado de vida, de juguetes y de migas. Ahora suenan risas, llantos y canciones a todas horas. Papá monster y yo nos hemos aficionado a las películas nocturnas solo para dos y los pequeños monstruitos se han acostumbrado a “dormir la siesta” en la cama grande con mamá. (En realidad aquí no duerme nadie, pero bueno, hablamos de ese ratito tranquilo después de comer en el que los tres nos hacemos un ovillo en la cama y jugamos y charlamos. Echamos mucho de menos a papá monster en estos momentos pero él está teletrabajando y no es posible.)

Así que, con este panorama, mi sentimiento no es de miedo por salir a la calle; simplemente me da un poco de pereza, la verdad. Me he acostumbrado a esta vida hogareña que, aunque tenga sus cosas rollo, cada día abrazo con más cariño.

Tanto es así que, aún pudiendo, no salimos todos los días a la calle. Es verdad que poder salir a pasear fue un punto de inflexión pero, pasada la euforia inicial, ahora lo disfrutamos mucho cuando nos apetece hacerlo. Pero si en tardes como las de ayer, la monstruita M propone ver una peli todos juntos en lugar de salir a pasear, ¡pues hacemos palomitas y todos al sofá! No nos vamos a agobiar ahora por eso, ¿no? ¡Faltaría más!

Y sí, lo reconozco, como en el síndrome de Estocolmo, yo siento mucho más que simple complicidad por los secuestradores de mi tiempo, que no son otros que mis monstruitos y el papá de las criaturas. Estoy loquita de amor por ellos. Y cada día más y más. Así que solo le pido a Dios que cuando todo esto termine y recuperemos esa ansiada “normalidad” no permita que todo esto caiga en el olvido. Porque cuando esta situación acabe, quisiera haber aprendido que, como dice el gran Fito en su canción A la luna se le ve el ombligo: “No siempre lo urgente es lo importante”. Y quisiera siempre poder recordar los momentos tan preciosos que esta cuarentena nos ha regalado.

Por supuesto soy consciente de que esta visión solo es posible porque en nuestro entorno más cercano todos estamos sanos. Y doy gracias por ello cada día. Entiendo que “disfrutar” o encontrarle el lado bueno a esta situación es imposible si no es así. Por eso no quiero terminar estas líneas sin mandarle un abrazo enorme a todas aquellas personas que, de una forma u otra, están sufriendo en estos días. Para ellos, mi máximo apoyo y cariño.

1 comentario en “No siempre lo urgente es lo importante”

  1. Cuando esto pase y lo recordemos como una mala pesadilla, deberíamos haber sacado el mayor número posible de conclusiones/experiencias positivas para después mantenerlas, claro. Mientras tanto, disfrutemos de esos momentos mágicos de los que hablas.

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