Crianza en el día a día

El hambre (o la falta de ella)

La primera vez que la Monstruita M pronunció la frase: “mamá tengo hambre” tenía tres años y medio. Hasta entonces, y a pesar de hablar como una cotorra, nunca lo había dicho.

Os pongo en situación. Aquel día habíamos comido fideuá. O mejor dicho, yo había cocinado fideuá porque ella comer, lo que se dice comer, había comido poquito. El caso es que era finales de verano y en el barrio estábamos de fiesta. Eran las 23:00 de la noche y volvíamos de la verbena. Y en ese paseito corto que había desde la feria hasta casa, se plantó y muy seria dijo: “mamá tengo hambre. Quiero fideuá”. Sobra decir que casi se me caen las lágrimas de la emoción.

Así que, allí estábamos a las 23:30h de la noche su padre y yo, embelesados, viendo cómo por primera vez la monstruita comía por voluntad propia y no porque tocara.

Y es que los que tenemos monstruitos inapetentes sabemos lo desesperante que puede llegar a ser. La preocupación por el hecho de que puedan no estar sanos es la principal angustia de los progenitores. Pero no nos engañemos, no es lo único que subyace debajo de esa desesperación.

Cuando tienes un bebé que, desde su primer día de vida, muestra poquito interés por la comida, las voces alarmistas no se hacen esperar. Todo el mundo tiene ideas maravillosas sobre cómo alimentar a un monstruito que no es el suyo. Desde abandonar la lactancia materna hasta empezar con la alimentación complementaria antes de tiempo (ni caso a ninguna de esas opiniones, por favor. Solo un pediatra debe asesorar en estos temas). Y esto es cuando aún es solo un little monster de teta. Cuando ya es algo más mayorcito y se alimenta de forma sólida esos “consejos” tampoco cesarán. Lo hagas como lo hagas, siempre habrá alguien que opine que no lo estás haciendo bien. Si además, como es nuestro caso, has optado por una crianza respetuosa en la que obligar a la criatura a comer no entra en el plan… ¡Apaga y vámonos! Os van a poner la cabeza como un bombo. Avisados quedáis. Luego no digáis que no os lo dije, ¿eh?

Además, por otro lado, está el tema “peso”. Cuando tu pediatra mira con preocupación las tablas de percentiles y te enseña cómo tu monstruito está muy lejos de ser un bebé lustroso, el agobio empieza a crecer. Ya lo conté en un post anterior, relativo a mi experiencia con la lactancia, en el que os contaba la cantidad de veces que llegué a llorar en la farmacia y en casa delante de la báscula. Todas las semanas había que pesarla. ¡Menudo suplicio! Reconozco que, autoengañándome de forma consciente, algunas veces le ponía ropa un poco más gordita para no hundirme cuando el peso marcaba los dichosos numeritos rojos. Había semanas que no engordaba ni un gramo, ¡la muy brujilla!

Por si fuera poco, a esto hay que sumarle el hecho de que las tomas/comidas se hacen interminables. Cuando la monstruita era lactante se pasaba el día al pecho… no sabíamos si comía o simplemente estaba a gustito, pero bueno, esto es lo que tiene la lactancia a demanda. Lo asumí desde el principio y no me importaba. Pero cuando empezó a comer sólido… ¡ay amigas! He llegado a estar 45 minutos delante de una tortilla a la francesa para que al final terminara comiéndose menos de la mitad. En esos momentos te das cuenta de lo creativa que puedes llegar a ser. Le contábamos cuentos, le gastábamos bromas, cantábamos… todo lo inimaginable para ver si la pequeña monstruita se animaba un poco a comer. Pero ni con esas… Y esto es, simplemente, agotador. Así un día y otro y otro y otro… y tú vas viendo como tu paciencia se escapa por el sumidero junto con todos los purés que tiras por él, casi sin tocar.

Así que entre la preocupación porque se ponga malito, las presiones externas, el desasosiego por el peso y el hastío que suponen las horas de la comida, el panorama no es muy halagüeño, la verdad. Pero ya os digo que en esto de la crianza, todo es cuestión de fases, ¡como el confinamiento! Bromas aparte, mi amiga Mercedes (gran sabia del oráculo de mi grupo de “mummies”) me dijo una vez: ahora no lo ves, pero esto también pasará. ¡Y qué razón llevaba!

A día de hoy, y después de haber pasado por mil pediatras y otros tantos especialistas, hemos asumido que la monstruita es, sencilla y llanamente, inapetente. Ella come de todo, pero cantidades muy pequeñitas. Enseguida se llena y ya no quiere más. Y es así, no hay más. Es una niña delgadita pero está sana y feliz.

Ahora bien, os diré que hasta llegar a esta tranquilidad de espíritu, se pasa mal. Eso es una verdad como la copa de un pino. Para vuestra tranquilidad también os diré que como dice el refrán: Dios ahoga pero no aprieta, y cuando llega el segundo monstruito te toca un glotón que se come hasta las piedras, si te descuidas.

Por eso, si alguno estáis en esta situación solo puedo mandaros mucho ánimo y mucha paciencia porque, de verdad, esto también pasará. Y aconsejaros que, en el momento que no sea un tema de salud, ¡relajaos! Cada niño es un mundo y, al igual que los adultos, unos comen más que otros. Disfrutad de todas las cosas maravillosas que tiene la infancia de vuestros adorables monstruitos porque dos cucharadas más de sopa no van a cambiar nada. Os lo aseguro.

Pd: el karma existe y es muy traicionero. Porque, ¿sabéis una cosa? Cuando era pequeña, yo comía igual de mal que mi monstruita querida. Bromas del destino, ya se sabe…

2 comentarios en “El hambre (o la falta de ella)”

  1. Variedad de estilos, como la vida misma. Pero como decía Igor, en El jovencito Frankestein, “podía ser peor”, es decir, en este contexto la conjunción de No comer más No dormir. Eso si que debe ser espectacular.

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