Crianza en el día a día

Mami, tengo miedo

Tarde o temprano, todos los monstruitos pronuncian esta frase alguna vez. Y, en contra de lo que a veces se cree, el miedo ni es malo ni hay que evitarlo.

Como punto de partida, señalar que el miedo es una emoción como otra cualquiera. Ni mejor ni peor. Quitémonos de la cabeza eso de que hay emociones buenas y emociones malas. Es un concepto erróneo. Lo que hay son emociones funcionales en según qué contextos; es decir, todas las emociones que sentimos (o sienten los pequeños) tienen su momento de utilidad y debemos enseñar a los monstruitos a identificarlas y gestionarlas bien.

En este sentido, debemos tener en cuenta que el miedo es la mejor forma de supervivencia. Solo si los pequeños sienten miedo serán capaces de evitar o rechazar peligros potenciales. El miedo es necesario para evitar que los niños se vayan con desconocidos, salten desde alturas imposibles o, simplemente, eviten meter los dedos en el enchufe. Es, simplemente, un sistema de alarma.

De hecho, los psicólogos hablan de “miedo adaptativo” cuando es una alerta correctamente evaluada. O lo que es lo mismo, hablamos de miedo adaptativo si aparece ante un peligro real. Y una correcta gestión emocional pasa por llegar a un estado de calma cuando el estímulo amenazante cesa.

Sin embargo, todos los psicólogos hacen una excepción al hablar del miedo adaptativo en el mundo infantil. Y esto se debe a que, en muchos casos, el elemento que genera el miedo en los pequeños no es real. Hablamos de pequeños monstruitos con miedo a los fantasmas o a las brujas, por ejemplo.

Este tipo de miedos están considerados miedos evolutivos; es decir, miedos propios de una determinada edad. De hecho, si profundizamos un poco en la literatura científica al respecto veremos que los ítems que provocan esta sensación son recurrentes.

Así, es frecuente que, desde su primer año de vida y hasta los seis, aproximadamente puedan sentir miedo a seres fantásticos, a las tormentas, a la oscuridad o a la soledad.

A partir de esa edad y hasta los doce años de edad, el motor de dicha sensación se suele encontrar en aspectos relacionados con el hecho de hacer el ridículo, el daño físico o el divorcio de los padres… (Nota mental: hasta los seis años aproximadamente, los enanos no sienten el miedo al daño físico. Esto explica porqué tu hijo pequeño piensa que se puede lanzar desde cualquier escalón y salir ileso)

Bien pues teniendo claro entonces que el miedo es una emoción que, como todas, puede ser funcional. La pregunta es sencilla: ¿y qué hay que hacer? ¿Cómo se gestiona? Bueno pues aquí os dejo algún consejito:

  • Lo primero es validar su emoción. No debemos restarle importancia. Hay que transmitir la idea de que sentir miedo es lícito y que pueden sentirlo sin sentirse culpables o “pequeños”.
  • Debemos animarles a que lo expresen. Es necesario que le pongan nombre a la emoción y que sepan describir qué es lo que sienten. Solo así podrán identificarlo.
  • Además, debemos reconfortarlos. Darles apoyo, ponernos en su piel. Contenerles físicamente. Les podemos abrazar o dar la mano con firmeza.
  • Podemos normalizar la situación pero no debemos quitarle importancia. Frases míticas como ¡qué bobada! o ¡pero si no pasa nada! no son las más adecuadas. Cambiémoslas por un “entiendo perfectamente cómo te sientes”
  • Comparte tus miedos con ellos. Les ayudará a ver el miedo como algo natural. Describe tus sensaciones para que ellos puedan ver que también los adultos sentimos temor.
  • Anímale a enfrentar la situación. Transmítele que tienes confianza en él y ofrécete para acompañarle a afrontar el elemento amenazante de ese momento.
  • Utiliza las herramientas didácticas a tu alcance. A día de hoy existen un montón de cuentos y álbumes ilustrados que les ayudarán a contextualizar los temores y relativizar su inquietud.

Y ya sabéis, como en todo lo referente a los mostruitos: paciencia y empatía son las claves para acompañarlos en su crecimiento. Lo normal es que los miedos también desaparezcan cuando menos lo esperemos.

En cualquier caso, si los miedos se prolongan en exceso; les provocan reacciones desmedidas o, por el contrario, desarrollan conductas de evitación y terminan presentando un cuadro de malestar generalizado es importante ponerse en manos de los especialistas. Seguro que ellos dan con la tecla para que los monstruitos vuelva a sentir el miedo de una forma adaptativa, tal y como explicábamos al principio.

A nivel personal os diré que yo tengo un monstruito pequeño que no conoce el concepto miedo (al menos de momento) y una monstruita M que desde hace ya algún tiempo verbaliza sus inquietudes. No le gusta nada la oscuridad si está despierta. Le dan miedo algunos “malos” como dice ella hablando de brujas, ogros y demás antagonistas. Y a veces manifiesta cierta inquietud a que yo me vaya, por ejemplo. Como veis todo muy normal según el esquema de los miedos evolutivos…

Y luego está MI miedo. Que no sé si se puede llamar evolutivo porque no creo que evolucione mucho con el paso de los años. Y es ese miedo que tenemos todas las mamás, creo, a que a ellos les pase algo malo. Por supuesto no me paraliza ni me interrumpe en mi día a día pero es una alerta constante, la verdad.

La primera vez que la monstruita M me preguntó que qué me daba miedo a mí, le dije que me daba miedo que a ellos les pasara algo. Y me miró muy seria y me dijo: “ ¡pero, mamá! Nos tienen que pasar cosas porque si no, menudo rollo. Yo odio las tardes que no pasan nada”

Así que ya sabéis hay que ser muy concretos. Ahora si me pregunta le digo: mi mayor miedo es que a vosotros os pase algo malo; como por ejemplo que os pongáis muy malitos. Y me mira, sonríe, me abraza y siempre me dice muy bajito: ¡creo que eso no va a pasar! ¿Me la como?

4 comentarios en “Mami, tengo miedo”

  1. ¡¡Claro que hay que comerse a esos angelotes¡¡ En cuanto a sus miedos se refiere, creo que la mejor fórmula para superarlos es transmitirles seguridad y confianza. Ellos saben que mamá y papá están ahí, luego NO puede pasarles nada malo. Así de simple.

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