Crianza en el día a día, Educación

Compartir es vivir

Eso dice el refrán. Pero todos los que tenemos más de un monstruito sabemos que la realidad no siempre es así.

Evidentemente, depende de cómo sean los littlemonsters, del momento y el objeto a repartir, pero mi experiencia como mamá me dice que a veces no es fácil que esta conducta generosa surja de forma natural, al menos en mis adorables montruitos. Y de verdad os digo que, en general, se llevan muy bien.

Ya os lo he comentado varias veces; al llevarse poquito tiempo los mosntruitos comparten muchos ratos de juegos, se entretienen juntos y la gran mayoría de las veces son grandes cómplices de travesuras. Pero de la misma forma, y como es natural, la fricción también forma parte de su forma de relacionarse. Y, habitualmente, este choque del que hablamos aparece cuando uno de ellos quiere desmarcarse del clan. O, lo que es lo mismo, cuando decide jugar en solitario.

Es en ese momento de “intimidad” cuando el otro decide que no puede pasar sin su hermano. O, mejor dicho, no puede pasar ni un minuto más sin trastear con lo que está jugando el otro. El valor del objeto en sí suele ser lo de menos. Puede ser el juguete más molón o el muñecajo más desarrapado que haya por casa. La cuestión es que los dos quieren lo mismo en ese precisamente momento. Ninguno puede esperar; ninguno está dispuesto a ceder y ninguno piensa en cejar en su empeño de salirse con la suya.

Tengo por costumbre no intervenir demasiado en sus negociaciones. Creo que es bueno que resuelvan entre ellos sus conflictos, que hagan un esfuerzo por ponerse de acuerdo, que busquen la forma de entenderse… Hasta que el intento de trato deja de ser tal para convertirse en una auténtica reyerta callejera. En ese momento, creo que me toca.

Y de forma natural me sale una actitud conciliadora. Intento obviar de quién es el dichoso objeto disputado o quién lo tenía antes. En esos momentos en los que ellos no lo ven, me afano en enseñarles las bondades de compartir. Lo divertido que es jugar todos juntos; lo bien que podemos sentirnos cuando prestamos nuestras cosas y lo beneficioso que puede ser para ambos poner en común sus cachivaches para montar un escenario de ocio mucho más grande y divertido.

Reconozco que no siempre salgo victoriosa de estas situaciones pero la gran mayoría de las veces, sí.

Sin embargo, últimamente se han hecho eco algunas voces desde distintas corrientes pedagógicas que exponen que no debemos obligar a compartir a los niños. Insisten en que el hecho de prestar sus cosas debe ser un acto voluntario y que debe nacer de forma intrínseca.

Entiendo la argumentación de base de esta línea de pensamiento. Desde la crianza respetuosa, en la que nosotros intentamos educar a los pequeños, comprendo perfectamente que las conductas no deben ser forzadas. Asumo que los gestos de cariño y aprecio deben ser siempre espontáneos. Pero no puedo dejar de pensar que, si en ocasiones, determinados comportamientos deseables no nacen de forma instintiva, es necesario que los adultos les animemos a ello. O incluso insistamos un poquito si así lo requiere la situación.

¿Estoy equivocada? Puede ser; pero para nosotros es importante que los monstruitos aprendan a ser considerados y amables con los demás. Y compartir las cosas que uno tiene puede parecer una tontería, pero, desde mi punto de vista, saber ser generoso en el mundo adulto (a veces tan egoista e individualista) es un gesto que honra y define a las personas. Y, por supuesto, no hablo solo de cosas materiales… Me refiero a saber ser espléndido a la hora de entregar tu dedicación y tu tiempo a los demás; ser caritativo con los que lo necesitan y mostrar una actitud altruista ante la vida. Sencillamente, me parece esencial.

Y esta es la razón por la que opino que es tan importante que los peques aprendan a compartir. A lo mejor hoy hablamos de una muñeca o un super autobús nuevecito, pero el día de mañana serán cosas mucho más importantes, como por ejemplo, compartir la vida con alguien a quien se quiere, ¿no?

1 comentario en “Compartir es vivir”

  1. A veces la situación se complica, pero de la misma forma que ese objeto de deseo ha sido el motivo de la trifulca, también se desvanece ese entusiasmo por él como por arte de magia o …. por arte de mamá/papá/abus, etc… que, como maravillosos ilusionistas, ofrecen alternativas tanto o más atractivas de diversión o logran convencer al reticente de lo extraordinario de compartir juegos y experiencias. Como la vida misma, vaya.

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