Crianza en el día a día, Reflexiones personales

Donde dije digo…

Ser madre te otorga el gran privilegio de poder desdecirte sin remordimiento alguno. Es así. Dicen que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Error. Das a luz y lo que te dan es un mini monstruito precioso que trae un bono de mil vales para que hagas todo lo que habías jurado que nunca harías. Y esto, solo en lo relativo a grandes teorías de la psicología infantil y de educación. Porque no os podéis imaginar la infinidad de contradicciones que te quedan por descubrir en tu día a día.

Pero si además, por algún casual, se alinean los planetas y, contra todo pronóstico, te toca vivir un confinamiento por una pandemia mundial durante el ejercicio de dicha maternidad, prepárate amiguita… En ese caso, ese bono del que hablábamos al principio, sencillamente, se te queda escasito. Ya os lo aviso. Y para muestra, un botón.

Aquí van algunos de los ejemplos más flagrantes que está dejando la cuarentena en esta monstruosa familia. Empezamos:

  • Mis adorables monstruitos comen de todo: Siiiii… De todo lo que pillan y a toda horas. Menudos comistrajos. Una se esmera por organizar menús sanos y equilibrados pero al estar tanto tiempo en casa los viajes a la cocina son continuos. Especialmente por parte del monstruito C que ya ha descubierto donde están las cosas que más le gustan y se autoalimenta solito cuando él considera oportuno. Me temo que ha llegado el momento de cambiar las galletas y los croissants de sitio.
  • Los monstruitos se llevan fenomenal: Sí, cuando no se ven 24h al día durante más de tres meses seguidos. Desde que empezó el confinamiento, estos dos bichos son como el perro del hortelano. Se quieren y se desquieren a partes iguales. Pasamos del amor al odio en menos que canta un gallo. El monstruo de los celos convive con nosotros y los mordiscos y los arañazos están a la orden del día. Un non stop.
  • El monstruito C es súper bueno: ¡Ja! ¡súper buena pieza es lo que está hecho! ¡Menudo trasto! No para ni un segundo. Me tiene loca. Loca de amor, todo hay que decirlo. Es un granuja de los pies a la cabeza que nos camela a todos con sus besitos y sus zalamerías pero que, en cuanto te despistas, te la lía. Es cariñoso y travieso a partes iguales.
  • La monstruita M es muy tranquila: es verdad que físicamente, la pequeña M no es tan terremoto como su hermano. Pero, ¡madre mía lo que habla! No calla ni un segundo. Nos suelta cada retahíla…Y no es que esto lo hayamos descubierto en confinamiento, pero de verdad creo que se ha acentuado. Hemos llegado al punto de que, como se te ocurra despistarte, te amonesta. “¿Me estás escuchando?” pregunta con el ceño fruncido y los bracitos en jarras. ¡A ver quien es el guapo que le dice que no!
  • Mis adorables monstruitos no ven muchos dibujos. Vaya por delante que, como ya expliqué en un post anterior dedicado a este tema, tampoco soy una madre anti pantallas. Pero vamos, en cualquier caso, ahora me entra la risa floja. No hay temporada de Peppa Pig, Patrulla Canina o PjMask que nos quede por ver.
  • Entre semana, a las 21:30h, ya no tengo niños: cierto es que siguen sin acostarse tarde. Pero eso no implica que se duerman. Antes de que empezase todo esto, el papá de las criaturas y yo nos organizábamos para que los peques se durmiesen prontito. Ahora hemos claudicado. Siguen yéndose a la cama a buena hora pero entre idas y venidas al cuarto de baño o al salón y juegos varios, muchos días nos dan las tantas y siguen zascandileando tan contentos.
  • Voy a aprovechar estos días para hacer limpia en su habitación: desconozco qué tipo de trastorno cerebral me dio cuando pensé que ordenar su cuarto iba a ser posible mientras ellos estuvieran delante. La realidad es que mientras yo ordeno por un lado, ellos desordenan por el otro. Vamos, que sigue estando igual de desordenado que siempre. O incluso más, porque jugar jugar y jugar es lo que tiene, que orden, lo que se dice orden, no genera.
  • A ver si ahora que estamos en casa, le quitamos el pañal al monstruito C: sin comentarios. Por si teníais alguna duda, sus calzoncillitos nuevos continúan inmaculadamente doblados en el cajón de la cómoda. Ahí parece que están bien.
  • Vamos a hacer todas las mañanas asamblea, organizamos el día y así no perdemos la rutina: solo os digo que a Pedro Sánchez le cuesta menos conseguir apoyos para el Estado de Alarma que a mí conseguir seguidores en la asamblea. Después de sentarse la primera semana, mis adorables monstruitos me mandaron cariñosamente a freír espárragos. Seguimos manteniendo una ciertas rutinas pero lo de la asamblea ha caído en el olvido. ¡A tomar vientos!
  • Vamos a dormir un ratito de siesta, como en el cole. Esto no sé si lo llegué a verbalizar o solo lo pensé; pero la cuestión es que aquí no duerme siesta ni el apuntador. Da igual que sea fin de semana o día de diario. No hay lugar para los dormilones en esta casa, lo sentimos.

¡En fin! Y estos son solo algunas de las situaciones más obvias que se me ocurren, pero seguro que me he desdecido mil millones de veces más.

Cualquiera podría pensar que esto puede conducir a la frustración; y efectivamente no sería descabellado. Pero os confesaré que, lejos de eso, he interiorizado que en situaciones excepcionales (como la que estamos viviendo), medidas excepcionales. Por tanto, me he sumido en un estado zen que me permite disfrutar de mis contradicciones sin volverme demasiado loca. (Quizás es que ya lo estaba un poco).

Así que, si aún no habéis llegado a este punto y seguís luchando con vuestro yo interior, os aconsejo dimitir. Yo ahora vivo mucho más tranquila, no os voy a engañar. Desde aquí os invito a que probéis a desdeciros tantas veces como sea necesario. Es una cuestión de supervivencia, simplemente. Ya habrá tiempo para ser más rígidos y volver a rutinas y patrones más estables. Francamente, creo que ahora es momento de flexibilizar. Ellos lo necesitan, y nosotros más aún.

¡Mucho ánimo a todos! Un día más, es un día menos.

1 comentario en “Donde dije digo…”

  1. Interesante experiencia, sí señora. Confiemos en que, al menos en alguno de esos aspectos, las cosas vuelvan a la anterior situación. Por salud mental, más que nada.

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