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De la teoría a la práctica…

Ya hemos hablado alguna vez sobre lo bien que nos sabemos los papás monsters las todas las teorías pedagógicas más novedosas y lo mucho que cuesta aplicarlas. Pero hoy no quiero hablaros de esto, porque si abro ese melón, no voy a ser capaz de cerrarlo. Hoy quiero compartir con vosotros el caso contrario. Es decir; cuando los monstruitos se saben la teoría fenomenal pero hacen lo que les viene en gana. ¿Os suena?

En mi casa sucede un fenómeno paranormal a la hora de recoger los juguetes: mis hijos desaparecen. De verdad. Mi casa tiene un tamaño muy normal, os lo juro. Pero no hay forma humana de encontrarlos si pronuncio aquello de: ¡chicos, vamos a recoger! (Me incluyo siempre porque tienen cuatro y dos años y medio, no por ganas de guardar juguetes una y otra vez)

El caso es que cuando por fin doy con ellos, comienzo a cantar esa canción que todos nos sabemos. Dice así: “a guardar, a guardar, cada cosa en su lugar; sin tirar, sin romper, que mañana hay que volver”. Bien, pues la escena es la siguiente. Véase una pobre infeliz que se afana en clasificar de forma correcta todos los cachivaches de los niños y que cuando levanta la vista de la caja de juguetes, resulta que tiene dos monstruitos que cantan al unísono mientras simplemente la miran.

  • ¿Pero qué estáis haciendo? Pregunto incrédula.
  • Te estamos ayudando. Te estamos cantando -contesta ufana la monstruita M mientras el pequeño ha aprovechado tu despiste para sacar su moto favorita de la cesta en la que ya la habías colocado.

En esos momentos no sé si reír o llorar.

Otra situación bastante habitual es esa en la que ves cómo los monstruitos se pelean por un muñecajo como si fuese el último sobre la faz de la Tierra. Por norma general no es el favorito de ninguno, ni el más bonito, ni el más divertido. Pero es, sencillamente, el que quieren los dos en ese momento.

Esto nunca acaba bien. En nuestro armonioso hogar, el desencuentro comienza con una serie de reproches, pasa por los gritos y concluye con una explosión de manotazos, arañazos y/o mordiscos. Cuando consideras que los gritos los debe estar oyendo la vecina del quinto, decides intervenir. Y asomas la cabeza de forma sonriente por el umbral de la puerta.

  • Chicos, por favor, ¿qué os parece si jugamos juntos? –

Esta situación se repite unas mil millones de veces a lo largo del día. Y aunque mi discurso es siempre el mismo: una bonita Oda a la generosidad, parece que no lo entienden. O no quieren entenderlo. Porque, en realidad, cuando les interesa bien que saben aquello de que jugar juntos es más divertido y que unificar los juegos nos permite tener “escenarios” más grandes. Pero, curiosamente, de esto solo se acuerdan cuando el objeto valioso es del otro.

¡Me da una rabia tremenda! Porque cuando no nos hacen caso, yo siempre me auto convenzo y me digo a mí misma: es normal que lo tengas que explicar tres mil millones de veces. Son pequeños. Paciencia. Y quien me conoce, sabe que la tengo. Puedo explicar y contar la misma cosa un millón de veces si hace falta sin perder los nervios. Supongo también que por práctica profesional.

Pero ¡ay! Qué rabia y qué coraje me da ver que cuando ellos quieren recuerdan las cosas perfectísimamente. Y que, simple y llanamente, en el resto de ocasiones, es porque ellos solitos han decidido no hacer caso ¡y punto! ¡Así se sencillo! Me mosquea un montón esta situación. Me sube un no sé qué por la tripa…

¡En fin! ¿También os pasa? ¿Vuestros monstruitos tienen memoria selectiva? ¡Decidme que sí, por favor!

1 comentario en “De la teoría a la práctica…”

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