Educación, Reflexiones personales

Esta soy yo: en contra de lo políticamente saludable

A riesgo de ser tremendamente impopular, hoy voy a ser tremendamente sincera.

Os voy a confesar que estoy hasta el moño de esta moda tan invasiva de culto al cuerpo que inunda las redes sociales. Es cierto que esto no es nada nuevo; pero es que de algún tiempo a esta parte vengo observando cómo esta tendencia obsesiva pretende hacerse pasar, en muchas ocasiones, por un modelo de vida saludable que todos debemos adoptar.

Así que yo hoy vengo a romper una lanza en favor de la salud mental; que me parece que la estamos perdiendo y que es igualmente necesaria, o incluso más.

No pretendo convencer a nadie de que mi estilo de vida es el más saludable del mundo; porque visto lo visto, está claro que no debe serlo. Pero desde luego, soy tremendamente feliz porque me acepto tal y como soy. Con mis cosas buenas y mis cosas malas. Con cosas que me gustan más y cosas que me gustan menos. Pero sin ningún tipo de complejo ni obsesión.

No soy delgada. Nunca lo he sido. O al menos no en mi vida adulta. De hecho, soy bajita y más bien redondita. Además, he gestado y parido dos veces. He hecho lactancia extensa durante casi tres años seguidos y esto, irremediablemente, se nota en mi figura. Pero lo volvería hacer una y mil veces.

No tengo el vientre plano ni una cintura de avispa. Tampoco piernas de modelo ni un pecho turgente. Pero es que, de verdad, no me importa nada. Lo que sí que tengo es una sonrisa muy bonita, unos ojos muy expresivos y una fina ironía que me permite salir airosa de las situaciones más complicadas. También los que me conocen saben que me gusta ponerme tacones, llevar la manicura hecha y siempre elijo vestidos que creo que realzan los puntos fuertes de mi figura.

Pero es que además, soy de las que me siento en la terraza con mis amigas y pido una Coca-cola normal. Ni light, ni zero. Coca-cola normal con mucho hielo y sin limón, por favor. Y si consigo dejar a mis adorables monstruitos un ratito y salgo a cenar con mi marido, os aseguro que no tengo problema en pedir lo que me pida el cuerpo acompañado de una copa de vino blanco bien fresquita. Y si tengo un día malo en la facultad, desayuno con mi compañera y gran amiga Yolanda y me pido un sándwich mixto y juntas arreglamos el mundo.

Eso con respecto a mí, pero es que os diré también que si hablamos de los peques, otro tanto de lo mismo. No compro chuches por norma, pero si mis hijos van a una fiesta o alguien les invita a un caramelo, dejo que se lo coman tan contentos. Y si un domingo estamos en una terracita todos en familia, no tengo problema en que piquemos unas patatas y unas croquetas. Porque lo que ya os digo yo que no llevo en el bolso es un “snack saludable” de esos que ahora están tan de moda ni un tupper con fruta cortadita. Y si voy a una merienda infantil en la que tengo que llevar algo, hago un bizcocho de los de toda la vida; de esos que llevan azúcar blanco en la receta, ni stevia ni panela. Y que además, todo sea dicho, me sale riquísimo.

Y vaya por delante que mis hijos comen más fruta que muchos niños que conozco. De hecho, meriendan casi siempre fruta, la toman de postre en la comida y en la cena y muchas veces también la desayunan. Y además tengo la suerte de que la piden ellos mismos porque les encanta. Por eso no me preocupa lo más mínimo si un día meriendan un croissant o un bocadillo de nocilla.

Y ni me siento ni soy peor madre por ello. Quiero que mis hijos disfruten de los placeres de la vida; y para mí, comer es uno de ellos. Y la comida tiene un componente social muy importante que quiero que descubran. Lo bonito y entretenido que es sentarse en familia a comer; ir al cine y pedir un cubo de palomitas bien grande o tomarse un helado caminando por el paseo marítimo sin preocuparse ni tan siquiera un segundo por si eso engorda o que tengan que pensar en cómo van a compensar el exceso al día siguiente.

Y que nadie me malinterprete. Esto no es una Oda a la obesidad ni al descontrol alimenticio, ni mucho menos. Todos, niños y mayores, debemos llevar una alimentación equilibrada y variada. Y así lo intentamos hacer en casa. De hecho, aquí estamos todos sanísimos y así lo demuestran nuestras analíticas. Pero de verdad que creo que eso no implica entrar en este bucle de pseudo-salud que últimamente veo en las redes sociales.

Lo que sí que creo fundamental es enseñar a nuestros hijos a quererse tal y como son. Más altos, más bajitos, más delgados o más gorditos. Para mí, en este sentido, lo realmente imprescindible es que crezcan lo suficientemente seguros de sí mismos como para aceptar sus cuerpos y ser felices en ellos. Porque de verdad que creo que últimamente estamos perdiendo el norte y nos estamos dejando por el camino algo que sí es esencial: la potenciación de la autoestima y la aceptación de uno mismo.

No sé si muchos estaréis de acuerdo o no, pero esta es mi sensación y quería compartirla con vosotros. ¿Alguna loca más como yo que vaya a contracorriente?

4 comentarios en “Esta soy yo: en contra de lo políticamente saludable”

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